Una noche que no estaba en el itinerario

KTV en Bogotá desde los ojos de un extranjero.

Llegué a Bogotá con una maleta medio vacía, una agenda llena de reuniones y la idea equivocada de que solo estaría en la ciudad por trabajo. El plan era simple: hotel, oficina, cena rápida y a dormir. Pero ya sabes cómo es la vida: te suelta un “vamos a tomar algo” al oído… y de ahí en adelante, nada es lo que esperas.

Mi colega colombiano —un tipo con sonrisa cómplice y acento de quien sabe dónde se esconden las mejores cosas— me dijo:
“Hoy no vamos a un bar. Hoy vamos a cantar.”
Y no supe si reírme o preocuparme.

Me llevó en un carro con vidrios oscuros, a un lugar sin letreros, en una calle donde nadie te pregunta nada. Y al entrar… entendí todo. Luces bajas, aroma a whisky y vainilla, mujeres hermosas que no necesitaban hablar para hacerte sentir bienvenido.

—¿Primera vez en un KTV? —me preguntó una de ellas, mientras me ofrecía un trago y una sonrisa tan afinada como su voz.

Yo había oído hablar de estos sitios en Tokio o Bangkok. Salas privadas, karaoke, mujeres, copas… un lugar donde todo es íntimo, como si el mundo allá afuera no existiera. Pero estar ahí, en Bogotá, con mi canción favorita sonando y una copa de wisky en la mano, fue otra cosa.

Cantamos.
Reímos.
Hablamos de cualquier cosa menos del trabajo.

Había algo en ese lugar que te hacía soltar el control sin perder la clase. Cada detalle estaba pensado: desde la selección de tragos hasta la iluminación que te hacía sentir en otra dimensión. Era lujo, pero no ostentoso. Era sensualidad pura.

No diré cuánto tiempo estuve.
Ni qué canción canté.
Ni quién me acompañó cuando terminó la música.
Porque hay historias que no necesitan detalles para entenderse.

¿Y si me preguntan mañana dónde estuve?
Diré que descubrí algo diferente. Que Bogotá tiene rincones donde los viajeros se sienten más que bienvenidos. Donde no hay turistas, solo caballeros que saben lo que buscan.

No estaba en mi itinerario.
No estaba en Google Maps.
Pero sí está grabado en mi memoria… aunque me guste decir que no.

Club de Caballeros.
Una noche. Una canción. Una historia que nadie tiene qué saber.

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